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martes, junio 14, 2005

Recuerdo Flotante 

Braulio era como cualquier chico de trece años. No entendía su cuerpo, odiaba las verduras, coleccionaba escarabajos detrás del tanque de agua en la terraza de su casa, hablaba con gallitos y detestaba su nombre porque en su cabeza sonaba parecido a brócoli.

Era flaquito, con pecho de paloma y sombra de bigote sobre el labio. Pálido, de secos cabellos oscuros y ojeras permanentes, atribuibles al pecadillo que cometía casi todas las noches, el mismo que por las mañanas lo obligaba a bañarse con fruición, desfalleciendo de frío y revisando que no le hubieran crecido pelos en las palmas de sus manos.

Braulio era un poco tartamudo, sobre todo cuando se ponía nervioso. Y como tardaba tanto en decir las cosas, su padre le propinaba inolvidables soplamocos que hacían que se trabara aún más, en un círculo vicioso que terminó en un desolador mutismo.

Estaba enamorado de la hermana Cecilia, que le enseñaba Literatura en el colegio. Fue por ella que le tomó el gusto a la lectura, fue por ella que ahorraba cada centavo que le daba Doña Luisa cuando le arreglaba el jardín, o los dos pesos que le daban al final del día en la despensa, por repartir los víveres entre las pocas casas del pueblo; para comprar algún libro que prestarle. La veía perfecta y luminosa, entrando con una aureola en el salón, cargando papeles, biromes y esa sonrisa cálida que era casi un abrazo personal, sólo para él.

“Braulio y Cecilia, un solo corazón…” coreaban molestos sus compañeritos, más robustos y menos despiertos que él. “Mejor escribile una carta, que si le tenés que decir que la querés se va a quedar dormida”, “No pensarás ir a decirle algo con esa facha, ¿no?”. Y luego, indefectiblemente, venían la golpiza y los reproches morales: “La hermana Cecilia está casada con Dios, bobo, ¿no entendés que no te puede querer?”. Braulio aguantaba los puñetazos, la sangre manaba todas las semanas de su nariz, pero no se resignaba. Hasta ese verano.

La hermana Cecilia se iba al convento de Santa María, que quedaba, como les demostró en un mapa que había en el aula, a cuatro provincias de distancia del colegio. Al terminar la clase, después de darles buenos consejos a todos, se acercó a Braulio y le deslizó un librito modesto, gastado en las puntas, forrado de azul.

“Cuidalo mucho, Braulio, y nunca dejes de amar los mares de letras. Cada vez que flotes ahí, acordate de lo mucho que te quiero”. Braulio no atinó a responder, estático como había quedado, y vio como la hermana se iba, en medio del frú frú de sus hábitos, en cámara lenta.







En el pueblo no había mares ni ríos. Ni siquiera un arroyo, o un charco. Sólo había un aljibe en la plaza de la Municipalidad, que, según decían, era el más profundo del país. Ahí se dirigió Braulio con todos sus libros bajo los brazos, y el de la hermana Cecilia en el pecho. Se asomó sobre el borde, escupió, acercó la oreja para adivinar la profundidad, no escuchó nada. Tomó una piedra, la arrojó, se acercó, y nada. ¿Habría agua en el fondo de ese pozo oscuro como noche cerrada?. Tendría que arriesgarse.
Uno a uno, tomó los libros y arrancó con cuidado página por página, dejándolas flotar por el hueco del aljibe hasta que desaparecían de la vista. Cuando terminó de echarlas todas, se quitó el libro azul del pecho, lo besó y lo volvió a guardar. Miró hacia el cielo, se encaramó sobre el borde rugoso de piedra, con las piernitas colgando y apuntando al vacío,



y se dejó caer.


Tonight's song: How deep is your love? - Bee Gees. Best served with: eeeh se entiende, no? Fue el único mar de letras que encontró para recordarla. Ok, tengo que dejar de querer explicarme en postdatas pedorras. Así jamás voy a aprender a escribir.

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